Gastroefemérides. De la higuera, la noche de San Juan y otros mitos

De árbol referencial para indígenas y esclavos en el Santiago de La Colonia, hasta medio de pago en las minas del inicio de la República. El fruto nutritivo y sabroso de este vegetal llegado del Levante Mediterráneo cobra protagonismo cada noche sanjuanina, gracias a bulos coloniales y a un delicioso misticismo.

 

Por Amalia Castro S.C.

La higuera fue uno de los frutales que siguió el camino del desierto (no soporta temperaturas de -12º C) en su expansión por el mundo desde el Asia ligada al Mediterráneo. La facilidad de su reproducción -de una ramita brota una nueva higuera-, la riqueza y abundancia de su frutos la hicieron uno de los vegetales predilectos para los viajeros y guerreros que la llevaron a Europa primero y a América después. En Chile encontraron una tierra tan favorable que, para el siglo XVIII, prácticamente todas las casas de la región tenían una higuera. Era el tercer frutal más cultivado del reino de Chile. Por eso no es tan difícil que a su sombra se tejiera una multitud de leyendas y relatos, siempre asociados a bebidas y comidas.

Para efectos de esta nota, además, una higuera generosa se relaciona el solsticio, derivada de las palabras latinas sol y sistere (detenerse) porque el astro pareciera quedarse quieto, al menos durante dos veces al año, en el que se halla frente a la línea que demarca uno de los extremos de los trópicos. Entonces y para finales de junio en el hemisferio norte es el día más largo del año y marca el comienzo del verano; mientras que en el hemisferio sur es la noche más larga que inaugura el invierno.

Ese hito hizo que el solsticio fuera -y sea- de gran importancia para una enorme cantidad de culturas alrededor del mundo desde hace miles de años. Entre ellas figuran los primeros pueblos del actual Chile, con una fecha relevante que coincide a su vez con el calendario católico. Así las cosas tenemos el Wetripantu y la Noche de San Juan, que tendieron a fundirse muy tempranamente. ¿Cómo sucedió algo así? ¿Se trató de una simple imposición?

En la Colonia grupos de indígenas, pero también mestizos, africanos o afroamericanos, y todas las combinaciones posibles entre ellos, crearon espacios para su cultura y esparcimiento dentro de la pequeñísima ciudad de Santiago de aquellos tiempos. Aunque se trataba de una realidad en que la mayoría de esas vidas tenían sus libertades más que controladas, la fiesta abundaba. Y para ello nacieron lugares donde podían moverse con cierto grado de autonomía. En sitios como la Chimba -hoy las comunas de Recoleta e Independencia, se producía y bebía alcohol que, en buena parte, era hecho a base de higos. Era en esos rincones del desorden -o mejor dicho de un orden no europeo- donde la higuera era abundantemente cultivada, llegó a reemplazar al árbol sagrado local (suponemos análogo al canelo sureño) por adopción, convirtiéndose en el centro de una celebración en aquel íntimo espacio.

Así, durante la Noche de San Juan/ Wetripantu danzaban alrededor de la higuera, ritualizando la llegada del sol y del nuevo año. Paralelo a ello y al sur del río Mapocho, en el lado hispano criollo de ese viejo Santiago y por la misma época, para evitar mayor contacto desde la iglesia se advertía que esa noche el diablo andaba suelto y presto al daño, con lo que quedó asociado a la higuera y a la noche de San Juan. El mito estaba desatado.

En esta parte hay que hacer un alcance: para las tradiciones budistas, griegas, en el Antiguo Testamento y hasta en el mito fundacional de Roma, ese árbol es místico, conector de mundos por excelencia. Es el fértil vegetal del Mundo. Para la tradición judeocristiana además representa la ciencia y la vida, como elemento puesto al centro del paraíso, a la vez ‘culpable’ de la expulsión de Adán y Eva (sí, una higuera, no un manzano) pues al comer -y disfrutar- de sus frutos conocieron el bien y el mal.

Esa relación se puede explicar porque se trata de una especie muy productiva, con dos cosechas (higos y brevas), con un gran poder alimenticio aparte de conservarse de muy buena forma, sea concentrando sus azúcares o desecado. Basta decir que sólo en Chile han derivado una gran cantidad de preparaciones aún vigentes: la nortina torta de higo, que recuerda al pan andaluz del mismo fruto; mermeladas, también almíbares semejantes a los dulces tradicionales vascos. Qué decir del arrope de higos propio del Valle del Huasco; el queso de higo de Los Andes; el dulce de higo de Colliguay y el café de higo que aún se vende, y bastante, en las zonas rurales del sur. Sorprendentemente su importancia fue hasta mediados del siglo XIX, mucho más allá.

Funcionaron además como una especie de pago, sobre todo en la minería del norte de Chile. Hasta la década de 1830, las faenas eran remuneradas con una parte en dinero y otra parte en alimentos por día. En Aconcagua y Coquimbo, este pago en dinero y alimentos incluía higos para el desayuno. Más allá de referencias puntuales en este sentido, el naturalista Claudio Gay alude a la importancia de los higos y brevas para las clases populares, por su consumo en freso y deshidratado, aportando a la alimentación.

Al parecer aquí estaría la clave de lo extenso de su cultivo, ya que este fruto se utilizó en diversos tipos de pagos a distintas clases de trabajadores, como los higos que sirvieron -siempre en parte, no olvidemos- para pagar la mantención de los criados de la casa o los que se abonaron por haber cuidado una viña y arreglado una tapia, para lo que el pago se estipula en la cosecha del fruto de las higueras por dos años. También se usaban como dinero para el más allá, pagando con el producto misas por el alma de los donantes o legando sus producciones para la Iglesia. De este modo eran parte del patrimonio familiar y de la herencia, toda vez que su valor económico era atractivo. Los higos secos y fraccionados en costales se destinaban a la exportación, llegando a figurar entre los principales productos que Chile vendía al exterior. A mediados del siglo XIX, se exportaban 80 fanegas al año, aunque con la fiebre del oro en California, se alcanzaron a exportar 3.000.

La higuera, un árbol cultura, lleno de historia, nos deja un legado diverso que nos habla de cambios y permanencias, de resistencias y misticismos. Una suma compleja y desconocida, que una vez al año nos permite adentrarnos en su misterio.

 

* Licenciada en Historia (Universidad Finis Terrae), Doctora en Historia (Universidad Nacional de Cuyo). Directora del CIAH (Centro de Investigación en Artes y Humanidades) Universidad Mayor, Proyecto ATE220008. Su línea de investigación se centra en el patrimonio e identidad agroalimentaria, estudiando la historia y puesta en valor de productos típicos chilenos, muchos de ellos sometidos a procesos de modificación, invisibilización y/o hibridación. También aborda temas asociados a los sentidos en la conformación del gusto y modos de mesa.

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