Gastroefemérides. La SNA y las frutas del campo lindo

Se sabe que Chile está posicionado como potencia agrícola y frutícola. Sin embargo no suele hablarse mucho sobre cómo llegó a serlo y el papel jugado por la Sociedad Nacional de Agricultura, que cumplió 186 años este 18 de mayo. Aunque fue un proceso industrializador exitoso, dejó varios heridos en el camino, al desconocer la importancia cultural de muchas variedades y el modo en que algunos cultivos, particularmente los frutales, estaban imbricados en la sociedad.

Por Amalia Castro S.C.*

Grabado publicitario de la Chacra Río Seco, Limache 1881. Memoria Chilena.
Grabado publicitario de la Chacra Río Seco, Limache 1881. Memoria Chilena.

En Chile los territorios para cultivo son más bien limitados y por lo mismo desde muy temprano el siglo XIX se apostó por la modernización agrícola. Se hizo siguiendo el modelo del Imperio Británico por la misma época. O sea, hacer del país un centro industrial bajo un progreso mecanizado y científico. También descartando lo previamente existente durante siglos en el territorio. Por ese camino se enriela la Sociedad Nacional de Agricultura, que este 18 de mayo cumplió 186 años. Su poder, sobre todo durante el siglo XIX y buena parte del XX, es evidente a la luz de que muchos de sus miembros son conocidos personajes de la historia política criolla. Uno de sus nombres prominentes fue Ramón Barros Luco, presidente entre 1910 y 1915. Aparte figuran ocho ministros de Estado y 16 parlamentarios en esos tiempos de la llamada República Parlamentaria, lo que explica la gran capacidad de influencia política, social y económica. También muestra la coincidencia de intereses entre la SNA y el Estado, por lo que tendieron a no entrar en conflicto.

Hace poco más de un siglo atrás, con la llegada al poder de Arturo Alessandri y la incorporación de la clase media al escenario político nacional, se abrieron las posibilidades de contradecir aquellos intereses por parte de la autoridad política. Lentamente las cosas se fueron tensionando hasta llegar a la intensidad de las décadas de 1960 y 1970 cruzados por la reforma agraria. Esos conflictos latentes surgieron desde el desconocimiento y la invisibilización de modos y saberes campesinos ligados al trabajo agrícola. Y las exposiciones fueron una de las expresiones más notables de este fenómeno, junto a la estimación de que aquello considerado ‘moderno’ era bueno y deseable.

Quinta Normal de Agricultura en 1901, que durante décadas recibió las exposiciones de la SNA.
Quinta Normal de Agricultura en 1901, que durante décadas recibió las exposiciones de la SNA.
El modelo SNA

La modernidad se exhibía en exposiciones alrededor del mundo, imponiendo ideológicamente una idea de progreso desde la Europa industrializada. La posibilidad de progreso rápido sedujo al Estado de Chile, que en 1875 organizó una exposición universal. Además la SNA organizó el primer Congreso Libre de Agricultores Chilenos, una reunión que vinculó intereses regionales ligados al campo y su modernización, en línea con esa “Expo 75”. La idea es algo bastante conocido en nuestros días: mostrar las riquezas naturales del país, sus productos derivados y sus posibilidades de explotación. De esta manera se debía atraer a industriales europeos o estadounidenses y facilitar el acceso a adelantos tecnológicos asociados con el mundo agrícola.

Justamente para consolidar esta idea de progreso es que la SNA nace en 1838, por terratenientes de grandes haciendas en el Valle Central. Se trataba de una de las instituciones más destacadas en el contexto agronómico (y frutícola, que aquí nos interesa). Bajo su égida, se importó maquinaria agrícola, se introdujeron nuevas variedades de plantas y se perfeccionaron métodos de cultivo. Esa mecanización dejó de lado un saber hacer que vinculaba al territorio con su producción y su gente, con raíces en los pueblos originarios y enriquecidos posteriormente con los procesos desencadenados desde un mestizaje cultural complejo que comenzó con la llegada del contingente español al actual territorio de Chile.

Por sobre todas las cosas, desconoció la importancia cultural de las variedades y el modo en que algunos de ellos, muy particularmente los frutales, se encontraban imbricados en la sociedad.

Campesino chileno, 1930. Memoria Chilena.
Campesino chileno, 1930. Memoria Chilena.

Y es que las frutas producidas en el campo desde época colonial, derivadas de variedades tradicionales, son protagonistas de nuestra cultura gastronómica. Ya hemos revisado el caso del mote con huesillo, la chicha de manzana, la chicha de uva, los arropes, y tantos otros. Pero no sólo eso: también trascienden estas ideas para colarse en el imaginario del ‘campo lindo’, metáforas de abundancia alimentaria, de lugar o de una sexualidad lujuriosa. Fueron, y en algunos casos continúan siendo, elementos imprescindibles en la formación de lazos de sociabilidad al interior de las sociedades: cada vez que se compartía una chicha, o que se llevaban frutas de regalo de navidad, o frutas azucaradas de postre para compartir, las frutas tradicionales estuvieron en la base de estas relaciones sociales.

Las acciones iniciadas en el siglo XIX por la SNA impactaron en la modernización agrícola de Chile. Aunque el proceso fue más largo de lo esperado, con la consolidación definitiva que llega a partir de la década de 1980. Actualmente Chile es una potencia exportadora frutícola. La actividad provee 73 mil empleos permanentes y 383 mil de temporada, con una superficie de 320 mil hectáreas explotadas en el país. Todo ello, claro está, es muy positivo. Sin embargo poco se ha hecho por entender los costos de este proceso. ¿Cuánto vale lo perdido? No sólo la alteración del paisaje productivo y los temas medioambientales asociados, sino los sociales y culturales. ¿Qué sucede cuando se pierde la materia prima de una comida esencial para compartir en comunidad?

¿Qué sucede cuando se pierde la materia prima de una comida esencial para compartir en comunidad? Se pone en riesgo la coherencia interna de la propia comunidad, los lazos que la unen, que necesitan ser reactualizados, reafirmados cada cierto tiempo, para entender que se continúa siendo parte de un mismo colectivo. De ahí el valor extremadamente alto de lo que ha resistido -hasta ahora- como las variedades de manzanas tradicionales de Chiloé y el caso de la chicha de manzana.

* Licenciada en Historia (Universidad Finis Terrae), Doctora en Historia (Universidad Nacional de Cuyo). Directora del CIAH (Centro de Investigación en Artes y Humanidades) Universidad Mayor, Proyecto ATE220008. Su línea de investigación se centra en el patrimonio e identidad agroalimentaria, estudiando la historia y puesta en valor de productos típicos chilenos, muchos de ellos sometidos a procesos de modificación, invisibilización y/o hibridación. También aborda temas asociados a los sentidos en la conformación del gusto y modos de mesa.  

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