El adiós a Morgan Spurlock, el hombre que puso en jaque a McDonald’s

Este 24 de mayo se supo la muerte del documentalista y activista alimentario que hace dos décadas, a través de “Super Size Me” develó en su propio cuerpo los efectos de la comida rápida de esta cadena de restaurantes, y por extensión del resto de las de su estilo. La paradoja es que ocurre justo cuando el formato fast food vive quizá el mayor auge de su historia.

 

Carlos Reyes M.

Hace un par de días en la edición en español de New York Times se hablaba de los 20 años de Super Size Me y de su protagonista Morgan Spurlock, que con un bajísimo presupuesto consiguió poner en el foco, en evidencia y bastante en jaque, las formas y las intenciones de la industria de la comida rápida de Estados Unidos, en particular a McDonald’s y su inmensa maquinaria de sugestión alimentaria. Más que un recuerdo aislado y anecdótico de aquella película que con 90 mil dólares de presupuesto consiguió renombre mundial, se trató de la paradoja de un hecho incontestable: números en mano, allí se relata del explosivo aumento de los locales de este tipo de restaurantes en Estados Unidos y el resto del mundo. El mundo está, más que nunca, comiendo fast food con la boca llena.

La forma en que ocurrió aquel fenómeno, 20 años después de la cinta, quizá no tenga mucho que ver con la producción, pero sí es cierto que tras el golpe que encajaron gracias a esa producción, en McDonald’s se reinventaron. Simplemente dejaron de escuchar a los detractores a su comida, que vibraron con la historia en la que Spurlock mostraba los cambios en su cuerpo y en su estado de ánimo, tras un mes exacto de ingesta exclusiva de las comidas de esta cadena. Una dieta que se extiende a grandes capas de la población norteamericana, la mas pobre, no sólo en ese lugar sino en las variadas marcas del formato.

Lo que hicieron y siguen haciendo son sucesivas campañas en las que, tras dejar de lado la inversión publicitaria en sus segmentos “saludables”, se enfocaron en los recuerdos de esos niños bombardeados de publicidad en décadas pasadas, para que esa nostalgia les hiciera volver a ese gusto, para ellos, primario, de casa. Y vaya que resultó.

Pensando en Chile, el auge de la comida rápida es más que evidente. En el centro de las ciudades, en la periferia de las mismas, a orillas de las carreteras… Mucho tiene que ver con cierto estilo de vida importado durante décadas, promete la vida moderna entre dos panes y una porción de papas fritas: velocidad de servicio a precios módicos (hoy algo dudoso), formatos atractivos en lugares iluminados, modernos, llenos de estímulos visuales y con la seductora uniformidad -a la luz de las cifras- que aporta un sentido de pertenencia global. Bajo ese contexto, poco importa la falta de opciones saludables frente a ese atractivo graso, crocante y juguetón, vencedor habitual frente a la cotidiana parquedad de muchas de nuestras humildes cocinas de cuchara y arroz con algo.

 

Me entero de la muerte de Spurlock un par de días más tarde, en la misma jornada en que Chile celebra el “Día del Completo”, que en esta misma revista acabamos de celebrar como hito cultural por el arraigo sandwichero nacional. Y sí, esa receta forma parte de la influencia estadounidense lo mismo que la devoción por el formato fast food. Queda esperar, al menos, que aquel hito fílmico de hace una generación atrás siga siendo inspirador para quienes siguen enfrentándose a un tipo de dieta, que incentiva -y de muchas maneras es responsable- de la epidemia de enfermedades metabólicas que nos afecta, producto del exceso calórico, graso y de carbohidratos en que se basa este tipo de comida. Un estilo apuntalado por la maquinaria publicitaria, también entre otros factores por la realidad económica de quienes la consumen por sobre las recomendaciones nutricionales.

Una realidad que en Estados Unidos y en Chile hace falaz el argumento de la responsabilidad individual frente a lo que se come o no.

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