Sonidos para el sabor

¿Debe un restaurante chileno sumar sólo música de huaso futre para ser considerado como tal? ¿Los comedores peruanos necesitan repetir hasta el hartazgo el loop de valses del Callao y ritmos cajoneros, copiados y pegados en sus miles de locales? ¿Un restobar debe tener por obligación música electrónica en clave dance? ¿Los vegetarianos deben flotar bajo las melodías new age para gozar el menú? O finalmente ¿Debemos someternos a esa nueva y desastrosa dictadura que convierte en bossa o soul deslavado de sala de espera, toda nota que hemos escuchado en los últimos 40 años?

 

Por Carlos Reyes M.
Publicado para El Llanquihue, 21 de mayo de 2024.

En condimentar se basa toda cocina y por extensión una experiencia gastronómica plena. Tanto como el producto de calidad, el saber de quien prepara los alimentos y las ganas puestas en servir, son los aliños necesario para instalar la cuota de sabor extra, que transforma ese todo en algo especial, más que la mera suma de sus partes. Con eso me refiero no sólo a la comida en el caso de un restaurante o cualquier comedor que se le parezca; es comprender la visión panorámica que significa disfrutar fuera de casa. La calidez, algo imprescindible en nuestro sur, la limpieza, armonizar las formas de un salón por más sencillo que sea el espacio, cuentan dentro de una particular inmersión sensorial.

Es ahí donde el sonido, el de la música, juega como un actor secundario que sabe aportar con lo suyo. O no.

¿Existe un canon al respecto? Para nada. Se sabe que en términos de gustos hay mucho escrito, al menos en ciertas formas. Salvo que sea un bar o una fonda, en un comedor la música a mucho volumen altera la concentración frente a la comida. Tampoco ser un susurro que no rime con los sabores. Si es rápida, el visitante tenderá a irse ídem y más lenta incidirá en lo contrario. La calidad de la reproducción es clave en tanto la variedad de estilos en una misma jornada puede ser una idea interesante, según estemos conscientes de que se trata de impulsar ciertos recuerdos -como en locales de época- o bien de entretener según la temática de cada lugar.

La idea, en teoría, es marcar diferencias en una jornada de almuerzo o cena; sobre todo al momento de los sonidos puestos en sala, que a muchos pareciera no importarles. Una lista de streaming y listo, ¿para qué echarse encima otra preocupación en medio de la vorágine absorbente y diaria de un comedor? Bueno, la noticia es que un restaurante es un micromundo y sus dueños pequeñas deidades que deben, como tales, hacer que la vida fluya.

Por lo mismo, pequeños dioses ¿debe un restaurante chileno sumar sólo música de huaso futre para ser considerado como tal? ¿Los comedores peruanos necesitan repetir hasta el hartazgo el loop de valses del Callao y ritmos cajoneros, copiados y pegados en sus miles de locales? ¿Un restobar debe tener por obligación música electrónica en clave dance? ¿Los vegetarianos deben flotar bajo las melodías new age para gozar el menú? O finalmente ¿Debemos someternos a esa nueva y desastrosa dictadura que convierte en bossa o soul deslavado de salsa de espera, toda nota que hemos escuchado en los últimos 40 años?

Somos animales de costumbres y con el tiempo nos refugiamos en canciones y melodías, conforme las hemos vivido y disfrutado. Pero de tanto en tanto salir de la caja sonora (y más allá) renueva la vida. Lo mismo le ocurre a los comedores que saben leer el sonido de su sabor.

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