De Ipads y tortas mixtas: síntesis opuestas

Torta mixta, restaurante Cirus Bar, Puerto Montt.
Torta mixta, restaurante Cirus Bar, Puerto Montt.

La voluntad uniforme corre por las venas de la tecnología, como también de cómo nos divertimos, de cómo esperamos tener una experiencia de viaje en muchas partes de nuestro país. Nada que ver con síntesis virtuosas expresadas en un pastel criollo convertido en icono dulcero del sur.

 

Por CRM

Hace pocos días Apple lanzó su Ipad Pro 2024, el más delgado y potente del mundo hasta el momento, era que no. Un producto que quiso sintetizar sus habilidades de última generación, en una publicidad que provocó resquemores y fue un tiro por la culata para lo que la compañía de la manzana deseó para la marca. La escena muestra una enorme prensa neumática que arrasa con esculturas, un piano, latas de pintura, mascotas virtuales, lentes de cámaras… todo para condensarlo en un cuadrado delicado y brillante, donde se encuentra todo.

Sí, quizá todo lo que nuestra contemporánea imaginación puede percibir, pero a la manera de Ipad y nada más que Ipad ¿No? Un presente mediatizado por esas máquinas y la retahíla de tecnologías asociadas donde, más que abrir la cancha de la mente se normaliza, mecaniza y formatea al son del tecnopresente. Entonces, más bien fue alentador que el truco se notara y miles de usuarios desearan “otra cosa” respecto del mensaje. Eso, al punto de que la empresa tuvo que dar explicaciones por el video y sus circunstancias.

Pero la voluntad uniforme corre por las venas de la tecnología, como también de cómo nos divertimos, de cómo esperamos tener una experiencia de viaje, en muchas partes de nuestro país.

Algo así ocurrió en un viaje al Valle del Elqui, hace muy poco, a la sorprendente Paihuano y sus alrededores por ese contraste de cordillera y valles que aún le dan la pelea al desierto. Donde, de no ser por las pisqueras en plan de descuelgue de las grandes cooperativas y de proyectos enológicos sorprendentes como los Viñedos de Alcohuaz (pronto viene reseña), el panorama gastroturístico sería tan similar al del video de la tablita uniformadora. Rincones como Pisco Elqui, de hermosas formas centenarias y creado para honrar la originalidad del destilado nacional, resulta un parador plagado de hamburguesas, pizzas, salmones a la plancha, carnes ídem; salvo un par de platos y formatos a la mesa, que no alcanzan a salvar una oferta escuálida de originalidad ¿No es que se buscan sabores locales cuando se viaja? De seguro que no, en ese pueblo y en ese valle, que pese a tener buena performance y una percepción de amabilidad en el servicio por sobre la media chilena (un logro).

En resumen: un triste “no lugar” en términos identitarios.

Se regresa al sur con la sensación de que de lado y lado del Canal de Chacao aún existe un buen puñado de negocios con ganas de entregar las contundencias de lo propio: mariscos, caldos, ahumados a ratos abrumadores pero reales, originales aunque se echen de menos -demasiado- las maneras de buen servicio vistas más al norte. Pero hay material para pensar con cierta esperanza, mientras se mira cómo una torta mixta se convierte en otra dulce y deliciosa síntesis, muy diferente de la pretensión uniforme de la multinacional gringa. A alguien hace menos tiempo de lo que puede pensarse, le hizo sentido el todo dulcero chileno. Ahí se supo ubicar crema de leche (vade retro la vegetal que es un asco), bizcocho (que a veces es de chocolate y otras tantas no), merengue duro, salsa de frambuesa y milhoja con manjar en un solo tiempo y espacio.

El resultado fue el resumen de más de 450 años de camino culinario azucarado: el sentir empalagoso del gusto mozárabe que inauguró la dulcería nacional; la determinación del manjar (o dulce de leche para los trasandinos) y del merengue centrino, sumado a los modos esponjosos y frutales de las influencias centroeuropeas llegadas hace más de siglo y medio.

Esas concisiones son las que dan vida.

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