Y usted ¿A qué vino?

Ocurre hasta en las mejores familias de eventos, ya no sólo del vino sino gastronómicos en general: una mera acumulación de personas y copas frente a quien ofrece y ofrece muestras, mediando apenas palabras, para que el grueso de los visitantes -siempre hay excepciones- salte casi de inmediato al otro puesto, bebiendo casi de forma autómata, en manada.

 

Por Carlos Reyes M.
Publicado en El Llanquihue, 6 de mayo de 2024

Un encuentro ferial, en este caso de vinos finos, de esos que mueven la imagen del producto terminado que mejor nos representa como país fuera de nuestras fronteras. No se trata de eventos sencillos para quien organiza, pero sobre todo para quien expone. Más si es pequeño productor e independiente. Allí la palabra logística se torna pesada pero esencial y requiere esfuerzo singular. Ya no sólo una inscripción -y un pago- sino el traslado de decenas o centenares de botellas, muchas veces desde una región a otra, para instalarse durante horas de pie frente a quienes, teóricamente, debieran conversar, preguntar; hacerse una idea de términos relativos al suelo, al clima, al trabajo de las personas para llegar a la botella. En suma, al terruño que le da sentido a la fruta y al vino.

Pero la realidad es distinta y sobre todo, es una constante. Ocurre hasta en las mejores familias de eventos, ya no sólo del vino sino gastronómicos en general: una mera acumulación de personas y copas frente a quien ofrece y ofrece muestras, mediando apenas palabras, para que el grueso de los visitantes -siempre hay excepciones- salte casi de inmediato al otro puesto, bebiendo casi de forma autómata, en manada.

Para eso se paga, puede ser. Eso del cliente tiene la razón se enmarca en el derecho adquirido entrada en mano, pero también ¿Sólo eso, a beber sin disimulo embriagador (ojo, algo válido), es a lo que se asiste a esa clase de citas? Es parte de lo visto en la gran mayoría de esos eventos. Podemos achacarle a la crisis general de la educación parte de cierta desidia. También y sobre la misma, versar sobre los escasos estímulos para fomentar la cultura del vino -de la cerveza y destilados con mayor frecuencia en nuestro sur-, en el aula por ejemplo, gracias a esa constante demonización del consumo, que saca réditos políticos, pero olvida que es uno de los productos culturales clave para nuestra esencia como comunidad nacional.

Hay décadas y hasta siglos de desarrollo y conocimiento de la tierra detrás de cada copa de vino servida. Relatos que merecen ser contados, comprendidos, admirados como el producto de clase mundial que es. El tema es cómo conseguir aquella transformación y para ello, tal vez, cambiar los modos de organizar eventos sirva. Algunos aluden a nuevos formatos, ferias de territorios específicos o trabajar en turnos con aforo limitado (un pandémico y exitoso aprendizaje); orientar mejor lo que se come junto con lo que se bebe en estos encuentros; estimular mayores aprendizajes, aprovechando la singular y alegre perturbación que provoca el buen vino. Así lo hacían los antiguos griegos en sus regadas reuniones llamadas simposium: bebían para compartir impresiones y estimular el conocimiento regalado por las musas dentro de la copa. Nada mal revisitar el pasado para mejorar el presente.

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