Más allá del miedo 

Dejar que el miedo cercene espacios públicos es mal negocio para todos. A corto plazo daña varios bolsillos; a largo plazo permea conciencias. Incluso las ligadas a las maneras en que afrontamos el comer, sea por mero goce o por necesidad de una buena alimentación, otra faceta en crisis a nivel nacional. 

 

Por Carlos Reyes M.
Publicado en El Llanquihue, 23 de abril de 2024.

Una niña frente a una pequeña porción de comida, en un taller de cocina en Puerto Montt. Dijo “no me gusta”, el habitual recurso infantil para intentar sortear lo desconocido. Pero aun así se le invitó a probar ese guiso de cochayuyo, tan antiguo y nuevo a la vez. Que luego le agrade o no será otro tema, pero la idea es que tome el riesgo y luego decida. Duda. Unos kilómetros más al sur, en Ancud, una cocinera joven, ya con una buena dosis de experiencia y visión personal, ve cómo sus propuestas culinarias pensadas desde lo actual, mediando productos y algunas técnicas locales, caen en el saco roto de la indiferencia. Duda ¿Vale la pena quedarse donde cada día es más difícil crecer marcando diferencias mediante el ingenio creativo? 

Cuesta romper la inercia y acercarse a una nueva sensación, sobre todo en términos del comer. Hacer lo que no se ha hecho antes, en este caso probar un bocado nuevo o desarrollar una receta bajos los códigos de la modernidad, supone una buena dosis de arrojo. Algo escaso en tiempos en que se advierten peligros a cada momento: basta ver los noticiarios hipertrofiados de notas delictivas (no lo digo yo sino el Centro de Estudios y Análisis del Delito en un reciente análisis), que influyen en eso de percibirnos inseguros. De paso y volviendo al tema de los sabores, eso despuebla opciones culinarias como las que da –o dio- la vida nocturna en todo el país, ya bien machacada por la pandemia. 

Dejar que el miedo cercene espacios públicos es mal negocio para todos. A corto plazo daña varios bolsillos; a largo plazo permea conciencias. Incluso las ligadas a las maneras en que afrontamos el comer, sea por mero goce o por necesidad de una buena alimentación, otra faceta en crisis a nivel nacional. 

Al menos desde lo alimentario, romper con el temor ayuda a impulsar los motores del cambio, acaso lo único permanente, dicen. Es una de las tareas más desafiantes para quienes desde entornos diversos, buscan ofrecer alternativas transformadoras o de aprendizaje culinario en el territorio. Cosas como el ya iniciado Bien Público Patagonia Costa, desarrollado por Corfo y ejecutado por Instituto Santo Tomás. O el trabajo de Sabores del Puerto desde el municipio puertomontino, en la búsqueda de estímulos para impulsar la gastronomía popular en temporada baja. Acciones costosas en tiempo y recursos, aun así mínimas pero persistentes. 

Ya se verá si esa cocinera, que volvió a adaptar su menú al ritmo de su clientela ancuditana aunque sin rendirse del todo, toma otro rumbo o sigue dando la pelea por su espacio, bajo el entorno hostil de una ciudad que vive una de sus horas bajas. Y sobre la niña… sin mucho hacerse de rogar probó esa receta más que centenaria y por completo nueva para ella. Su cara iluminada tras la cucharada de un buen sabor recién descubierto, bastó para saber que muchas veces ir más allá de lo posible ofrece recompensas impensadas. Y nos hizo el día a todos quienes la vimos dar ese paso. 

 

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