Comentario de restaurantes. Club de la Unión de Valdivia: de relumbrones y parquedad

Un sitio clásico con un encanto ambiental propio de los clubes sociales de antaño, donde a ratos aparecen sabores agradables y otros tantos que no se condicen con tanta sobria elegancia.

 

Por Carlos Reyes M.

Lo que impera en la amplitud del Club de la Unión de Valdivia, es la sensación de sobria corrección venida desde el siglo XX profundo o más allá. Desde su amplia escalera, el pasillo de acceso, también el salón que recuerda a esa Universidad Austral que, por estos días, se encuentra por las cuerdas. Es grato sentir cómo un lugar cuida sus formas pese al paso del tiempo. En su comedor, de cara a la plaza principal de la ciudad -era que no, como buen club de élite local- resalta la claridad, la buena disposición de recias mesas, haciendo juego con la madera en tablas del piso y algunas pinturas colgando de lisos muros de blanco impecable.

Un servicio presto ante pocas mesas y un hombre al piano, quizá de la misma generación del que Billy Joel aludió en su hit de 1973, toca con la decisión de un músico veterano, sin mucho temor a equivocarse en medio de un bucólico almuerzo de viernes. Por lo mismo, apenas recibe unos tímidos aplausos. En todo caso hizo sentido escucharlo, porque su presentación se pareció, y bastante, al desempeño culinario del lugar: con algunos brillitos entre otras tantas notas en falso.

El primero, un Bitter batido ($ 4.900) con esa rara combinación de amargor y cierta ligereza que lo mete en el terreno de los aperitivos clásicos. Grato para comenzar, mas si viene con una porción de Crudo cuyo precio ($ 4.700) le dio una sazón especial: cuatro cuadritos en pan de molde -no el mejor la verdad-, pero con una carne bien molida, tersa, con salsa verde encima y en relación a la porción, una buena cantidad de aderezos de pepinillos, ají verde de medio picor y una salsa de la casa que sumó sabor y untuosidad.

Con quedarse hasta allí, escuchando clásicos al teclado, el ambiente prometía. También hacer una pausa y remontarse a visitas anteriores, a momentos de patos confitados que le hacían el día a cualquiera. Estaba en la carta, pero esta vez se le dio la oportunidad al cerdo, el gran estelar de la cocina alemana -o alemanizada en Chile- que apareció en versión lomo ($ 12.900), con papas bravas, cebollas asadas y salsa de ajo. No estaba sosa la carne, más bien lo contrario, pero sí apretada, seca, con papas bien doradas y de un salseo sin pizca de picor y tenue en su intensidad en general; la fuerza la llevó esa cebolla morada ni tan pasada por la grilla, por lo resistente de su textura y falta de amortiguación. El vegetal, raramente, se llevó el protagonismo del plato y ni siquiera la copa de vino que acompañó la comida pudo vencer en el gallito del maridaje.

El postre pudo inclinar la balanza de la calidad, así que elegir un Apfelstrudel de la oma ($ 5.100) fue ofrecer la opción de un veredicto favorable casi en bandeja. Y sí, apareció un plato tibio, más bien pequeño, con un agradable relleno de manzana cocinada con cariño, aunque inmersa en una cubierta que de tan gruesa más pareció un sarcófago de masa. Un final de comida que no dio otra sensación que la de estar en un sitio donde hay corrección en muchos sentidos -ambiental, de servicio, hasta musical- cuya comida tiene sus relumbrones, dentro de una parquedad que no logra encajar del todo en la propuesta.

Camilo Henríquez 540, Valdivia. Tel. 63 2294111.
www.clubdelaunion.org

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