Vendimia: los festejos contrariados

Son más de 40 las fiestas de vendimias programadas esta temporada, una que debe ser de las más oscuras en términos de lo que significa ser viñatero en Chile ¿Da para celebrar?

Por Carlos Reyes M.
Publicado en El Llanquihue, 26 de marzo de 2024

La fiesta de la vendimia es parte de una tradición milenaria de la cultura grecolatina que, por extensión, forma parte del panorama de nuestra cultura (sur) occidental. Es de un lado el fin de la cosecha, del otro el inicio de la transformación de la vid en un producto cultural, el vino. Y si hay vino suele haber fiesta. Así que cuando éste comienza su paciente amanecer, más vale estar preparado para el gozo.

Lo saben desde hace ya varios siglos en los campos chilenos. Es detenerse para mirar el camino hecho y luego seguir con el ciclo, creando costumbre. Sentir cada vez más estirado hacia el sur conforme el clima se transforma. Tanto que ya en Los Lagos y a contar de esta centuria, han surgido emprendimientos que, aún de manera tímida, dan cuenta de la transformación de la uva como comparsas de las típicas majas manzaneras.

Este año los eventos se cuentan por decenas. Son más de 40 las fiestas de vendimias programadas oficialmente en diversas localidades, sin contar las organizadas por viñas o por grupos de productores pequeños que buscan desmarcarse y protagonizar actividades tan íntimas como su producción de botellas. Aquello incide bastante en el turismo local: se suma al vino (y a su venta) comida de origen diverso, música, artes visuales, conversatorios; atracción cultural y comercial entrecruzada. Minicarnavales otoñales en suma.

Aunque esta temporada el panorama es grisáceo. Se sabe que Chile no consume todo el vino que produce y la mayoría sale de nuestras fronteras. Cuando el modelo de venta al exterior hace crisis comienzan los problemas. Es un fenómeno global: se consume menos vino, las bodegas aún mantienen cosechas pasadas; países importadores aprenden a hacerlo -China- y por ende los precios bajan. Algo preocupante acá, más si desde los inicios de las exportaciones nacionales, allá por inicios de los ‘90 y seguramente por necesidad del momento, se apostó al bueno, bonito y barato como marca país. Y desde ahí no hemos salido, por más esfuerzo hecho en subir el su valor de manera infructuosa: desde 2000 a la fecha, cada caja de vino chileno exportada sólo ha subido nominalmente fuera del país.

Por lo mismo hay festejar… aunque sea con los dientes apretados: con una baja en el 22,1% en volumen y 23,8% de valor de las exportaciones, con sobrestock de más de 50% en muchas viñas; aunque paguen $100 por el kilo de uva fina o menos, llevando este 2024 a muchos no cosechar o incluso a arrancar vides. Más que nunca es importante mostrar el vino como algo vigente (no los sucedáneos dulces que invaden el retail). Que siga vivo entre las comunidades locales para que en estos tiempos difíciles se potencie su calidad y diversidad, aparte de su inestimable valor histórico y cultural. Señoras y señores, la fiesta sigue.

Comparte: