Crítica de restaurantes. Ocean Pacific’s: sabores a la deriva

Mantiene ese desaforado afán coleccionista marino, en realidad de lo que sea, que llena de grandes objetos y suma pequeños detalles, en variados ambientes, donde pueden comer sentados y de una sola vez 250 personas. El impacto visual es tan potente como en los viejos tiempos; la prestancia gastronómica, navega sin rumbo fijo.

 

Carlos Reyes M.

 

Desde sus inicios en el negocio gastronómico la familia Rulli entendió el valor de lo espectacular para crear valor. El espacio amplio de Ocean’s Pacific, ya recuperado tras el incendio que le afectó (ojalá pronto habiliten la fachada por calle Cumming) y de la muerte del iniciador de la saga, Marcos Rulli, avanza firme dentro del segmento de los comedores de turismo. Mantiene ese desaforado afán coleccionista marino, en realidad de lo que sea, que llena de grandes objetos y suma pequeños detalles, en variados ambientes donde pueden comer sentados y de una sola vez 250 personas. El impacto visual es tan potente como en los viejos tiempos; la prestancia gastronómica, navega sin rumbo fijo.

Un Pisco sour clásico ($ 6.000) y en exceso dulce abrió la comida, aunque se corrigió tras pedirlo al servicio. El gusto por el empalago del chileno medio es evidente, pero también aparece poco a poco un segmento de clientes que gusta de la sequedad y de la fruta en la coctelería; no vendría mal entonces preguntar por los puntos de azúcar en cada trago. Esa fue la bebida que acompañó la jornada, porque tampoco ofrecieron nada más y podría haber habido más esfuerzo tentador allí.  Poseen un segmento bebestible amplio, por sobre la media del barrio y de Santiago Centro en términos del vino. Y si bien predomina el mainstream aparecen algunas etiquetas invitadas independientes que dan la nota color de variedad.

Volviendo a la comida, un lugar tan detallista en el ambiente como efectista en el servicio -donde las comidas y bebidas las lleva a la mesa un robot- no puede permitirse que una receta tan clásica y solicitada como las Machas a la parmesana ($ 13.900 las ocho unidades) tenga un glamour similar a un puñado de fichas de dominó invertidas, bailando sobre una plancha de fierro. No hubo prestancia ni casi carne: la mitad de la porción eran lengüitas de menos de cinco centímetros de largo, de esas que hacen pensar que el término “talla mínima de extracción” es bien laxo en Chile. Tampoco hubo mucho cuidado culinario que llegaron atiborradas de queso en relación al tamaño y la mitad chiclosas, bien difíciles de masticar. Luego y gracias al mismo robot asistente, apareció la Corvina con mantequilla ($ 16.950) donde hubo algo más de sabor gracias al “risotto” de quínoa (por favor, póngale revuelto u otro nombre) donde se instaló bien el gusto mantecado, con unas tiritas de centolla a modo de modesto adorno (otra vez bien falto de cariño el montaje), con el agregado de un pescado pasado de punto, que vaya le restó puntos a uno de los pescados más nobles de la costa nacional.

De postre, un Tres leches ($ 5.700), bien encopetado de merengue, correcto en dulzor y enjundia lechosa, sin dotes excepcionales en la receta, cerró una experiencia que merece más atención desde la cocina. Es que tampoco es un sitio económico, pese a su gran tamaño, algo suponible si se piensa en la economía de escala. Cuesta afinar el presupuesto al ver en carta una buena cantidad de platos que superan los 25 mil pesos.

Con todo, hay una voluntad de cambio o de ir más allá, porque aparecen pescados de roca, caldillos, pescados enteros fritos y selecciones de mariscos frías o calientes (desde $ 17.500); aparte de opciones vegetarianas y veganas donde podría haber alguna ligazón con algas. Tarea para la casa. A eso se une una lista de cócteles (desde $ 8.900) destacada entre las 45 páginas de una carta extensa. ¿Da para volver? No hasta que calafateen ese buque madre, que hace agua en su sala de máquinas.

Huérfanos 2286 y Agustinas 2237, Santiago Centro. Tel. +56 9 6831 7281.

@oceanpacificsrestaurant

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